Los 100 años del bazar más antiguo de Buenos Aires

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A 100 años de la primera venta, el bazar La Luna mantiene su impronta intacta. En mayo de 1926, Esteban Cuevas abrió el local en Tacuarí 601, esquina México. Y desde entonces, las estanterías de madera repletas de vasos, copas, fuentes y ollas vieron pasar productos de todo tipo, pero con una condición: que sean de buena calidad. Este fue el requisito que, hasta el día de hoy, se mantiene en pie. Ni tanto diseño, ni tanta tecnología. Solo materiales duraderos y modelos simples, sin estridencias.

Marcelo Cuevas jugaba entre los pasillos cargados de mercadería y hacía la tarea detrás del mostrador donde su abuelo escribía a mano los precios en las etiquetas mientras su papá atendía a los clientes. Hoy está a cargo del bazar familiar al que recurren restaurantes clásicos y modernos. Y vecinos de toda la vida. Sus hermanos también colaboran en la continuidad de esta joya porteña: Mariano, con el área administrativa y contable, y a veces llega Gabriel para dar una mano. Entre espumaderas, fuentes de acero inoxidable y jarras tipo “pingüino”, hay tres objetos que recuerdan los inicios del negocio. Una máquina registradora, un teléfono negro de disco, y la radio Ranser que escuchaba la tía Eudocia.

Bazar La Luna, en el barrio de San Telmo

A Esteban Cuevas le decían “el patriarca de Monserrat”. El inmigrante español llegó de Santander a los 17 años. Corría 1919 y Buenos Aires se perfilaba como la París de Sudamérica. Trabajaba y dormía en un almacén hasta que consiguió un puesto fijo de vendedor en un bazar de la calle Corrientes. Una pequeña vivienda en la trastienda del local fue su hogar, compartido con su esposa y sus dos hijos.

La vajilla expuesta en el bazar

En mayo de 1926, don Cuevas vio la foto del futuro familiar: le alquiló las dos plantas a la familia Criado, dueños del inmueble. Vivieron en el primer piso y armaron el negocio a la calle, con lo mínimo: la mercadería que le habían dado en forma de pago en el trabajo anterior. La situación mejoró con el tiempo y la familia Cuevas se mudó a una casa, a media cuadra del bazar al que llamaron La Luna, Cuevas y Compañía S.R.L.

Marcelo y Mariano Cuevas, nietos del fundador

“Nunca llegué a preguntarle a mi abuelo por qué le puso La Luna”, se lamenta hoy Marcelo Cuevas, mientras le explica a un cliente las ventajas de las sartenes de hierro fundido y por qué debería desestimar el modelo antiadherente. “Cambiaron los hábitos, ahora la salud está en el centro de la escena”, resume.

Esteban Cuevas, su fundador

La clientela empezó a crecer. Como el vecino de la sartén, las familias del barrio se hicieron habitués. “Acá podían reponer los mismos vasos o platos que se les iban rompiendo. Y eso sigue pasando”, dice Marcelo, el nieto que retomó el legado. “Para mi abuelo esta fue su vida, vino al local hasta el último día. Lo conocía todo el mundo. Se daba maña con la madera, hizo cajones y estantes con las cajas de las teteras inglesas que les vendíamos a los colegios bilingües”, señala. Y agrega que, a pesar de la apertura de la importación que inundó la ciudad de electrodomésticos, en La Luna siguen apostando por la industria nacional.

-¿Cuáles son las marcas nacionales que más trabajan?

-Las líneas de porcelana de la empresa Verbano, también la vajilla de Tsuji y los productos de vidrio de Rigolleau, sobre todo vasos y copas, que es lo que más reponen los restaurantes. Además, algunos modelos de la cristalería El Progreso.

Los productos que más trabajan son nacionalesLas huellas del pasado, presentes en La Luna

-¿Nunca vendieron electrodomésticos?

-No, acá no vas a ver nada que se enchufe. En una época teníamos en stock la racletera de Tefal, para hacer el típico plato suizo de queso fundido, “raqlette”. Como el juego de fondue, que también discontinuamos. Nuestro fuerte son los platos, tazas, copas, cubiertos, jarras.

-¿Qué restaurantes están en la lista de clientes?

-La Gran Parrilla del Plata, Nonna San Telmo, el Bar Saeta, Je Suis Raclette, en el Mercado de San Telmo. También El Obrero y el Museo del Jamón, en Puerto Madero, y el Café San Juan, en el corredor de Avenida Caseros.

-¿La mesa de Fernando de la Rúa se servía con artículos del bazar?

-Creemos que sí, porque Inés Pertiné [su viuda] era una de las clientas asiduas. Otra clienta de la casa era Mónica Cahen D’Anvers, que después se mudó a San Pedro. Andrés Percivale, Sergio Denis y el chef español Borja Blazquez también venían mucho. De los últimos, Pablo Massey y Lito Vitale.

-¿Cuáles son los productos clásicos que se siguen pidiendo?

-Los ralladores, en todos sus formatos, son un clásico. Ahora incorporamos el rallador para cáscara de limón y el que se usa para el goulash. El pelapapas de siempre, la prensa de ajo común, la más conocida, sale mucho. La parrigás [la parrilla circular para hornalla] y las fuentes enlozadas, que ahora están pasando por un buen momento: se revalorizaron, como las biferas de hierro, que no se fueron nunca.

Ralladores y fuentes enlozadas, entre los productos más pedidos

-¿Cambiaron los gustos por la vajilla y los utensilios a partir del éxito de los programas de cocina?

-Lo que generaron estos programas es una apertura, cada vez son más los jóvenes que vienen a buscar algún elemento especial, como las fuentes de vidrio de borosilicato, que son aptas para microondas y freidoras de aire. Este producto destronó a las queridas fuentes de acero inoxidable, grandes, altas, elegantes y duraderas. Pero claro, no son para el microondas. De plástico y de silicona, tenemos apenas lo básico. En cambio, somos expertos en tarteras. Hay de todos los tamaños, desde individuales a familiares.

-¿Tienen planes de incorporar la venta online?

-Capaz más adelante. Acá la gente viene a mirar, a tocar el producto, a buscar consejos. Y todos saben que nuestro horario es de 10 a 17. No cerramos al mediodía.

Bazar La Luna, en el barrio de San Telmo con los hermanos Cuevas

Detrás de las vitrinas de vidrio se acomodan los platos de porcelana con bordes dorados. Los más coquetos se disponen en soportes exhibidores. Conviven con los juegos de té y las baterías de cacerolas.

Pero también, con cajas de archivo de madera, rotuladas con números grandes y prolijos que también siguen en pie desde los primeros tiempos. El mueble macizo y de más de 7 metros de altura, llega hasta el techo. “Hasta la luna”, señalan quienes quieren buscarle una razón al nombre del bazar.

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