Un estudio encabezado por la Iglesia y una universidad de San Juan intentará dilucidar si existió la Difunta Correa

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María Antonia Deolinda Correa, conocida popularmente como la Difunta Correa es una de las figuras más veneradas de la devoción popular en la Argentina, cuyo santuario se encuentra en Vallecito, en el departamento de Caucete, en San Juan. Este jueves, el Arzobispado de esa provincia y la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ) anunciaron el inicio de una investigación en conjunto para dilucidar si la santa pagana realmente existió.

Bajo el título “Proyecto de Localización Documental referido a la Difunta Correa”, la investigación se inscribe en el Programa Universitario de “Estudio de las Expresiones de la Religiosidad en la Historia Local y Regional” del Instituto Héctor Arias, perteneciente a la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes (FFHA) de la UNSJ, consignó el medio local Diario de Cuyo.

El trabajo tiene previsto una duración de tres años y es coordinado por Carlos Mario Moreno -subdirector del Instituto-, el presbítero José Juan García y el investigador de la UNSJ, Fredi Varas.

La creencia popular se expande en diversos puntos del país

Actualmente, el equipo se encuentra en plena recolección de pruebas, localizando la documentación que certifique de manera fehaciente su existencia real, sustento científico para una devoción multitudinaria, que trasciende ampliamente las fronteras de San Juan, señaló Diario de Cuyo.

El trabajo de rastreo se realiza a través de grupos de trabajo integrados por dos o tres personas que revisan libros de bautismos y matrimonios en archivos parroquiales de diferentes localidades sanjuaninas. También se trabaja junto a la organización Family Search, que facilitó el acceso a sus plataformas digitalizadas.

“Estamos buscando datos y también recibiendo aportes de la gente en torno a la historicidad de Deolinda Correa. Hay mucho entusiasmo», señaló García al medio sanjuanino.

Uno de los indicios documentales más robustos bajo estudio remite a una pista sobre Baudilio Bustos Correa, el supuesto hijo de Deolinda, que también es objeto de estudio.

Muchos fieles suben hasta el altar principal subiendo las escaleras de rodilla

Según reconstruyó García, en una edición del año 1865 del diario sanjuanino El Zonda, el nombre de Baudillo apareció dos veces en un aviso, quien fijaba su domicilio a pocas cuadras de la Plaza 25 de Mayo antes de mudarse a Córdoba. A partir de esa punta, el equipo intenta certificar de manera definitiva si se trata del hijo de la mitológica Deolinda y si hay descendencia.

Ante el hipotético caso de no dar con la suficiente evidencia científica y documental para comprobar la existencia de la Difunta Correa, García señaló: “En el peor de los casos tampoco estaríamos habilitados para decir que Deolinda Correa no existió, simplemente estaremos habilitados para decir ‘no encontramos’, que no es lo mismo”.

En consonancia, el presbítero añadió: “Estamos hablando de una tradición oral que se transmitió muy fuerte y conlleva muchos valores morales también. Es una expresión religiosa muy fuerte, arraigada, profunda y siempre respetable”.

La historia de una santa pagana

La Difunta Correa es una figura central de la religiosidad popular argentina, venerada especialmente en las provincias de Cuyo y el norte del país. Según la tradición oral, su nombre era María Antonia Deolinda Correa y habría vivido en el siglo XIX, durante las guerras civiles argentinas.

La leyenda sostiene que emprendió un largo viaje por el desierto sanjuanino para seguir a su marido, reclutado por la fuerza por las montoneras federales. En el trayecto murió de sed y agotamiento, pero cuando unos arrieros encontraron su cuerpo descubrieron que su hijo pequeño seguía vivo, alimentándose de su pecho. Ese episodio fue interpretado como un milagro y dio origen a su culto popular.

Los fieles se acercan hasta el santuario ubicado en San Juan para dejar sus ofrendas

Aunque la Iglesia Católica no la reconoce como santa, la devoción hacia la Difunta Correa se expandió con fuerza en distintas regiones del país. Su santuario principal es el epicentro de miles de fieles que cada año se autoconvocan para dejar ofrendas, especialmente botellas de agua, como símbolo del sufrimiento que marcó la leyenda.

Camioneros, viajeros y promesantes suelen encomendarse a ella en busca de protección y favores, en una expresión de fe popular que combina elementos históricos, culturales y religiosos.

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