Rápido y furioso, Milei, los autos y el relato sin freno

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La relación de los presidentes con los autos suele echar luz sobre sus formas de ser. En 1953, Juan Domingo Perón ya se mostraba canchero a bordo de un descapotable que llevaba como marca el nombre de su partido. En cambio, la austeridad extrema de Arturo Illia lo impulsó, en 1965, a rechazar como regalo de casamiento de su hija un auto que le quiso regalar un empresario automotriz amigo. Al desalojarlo del poder, el espartano radical se tomó un taxi para volverse a su casa.

“¡Es mía, mía!”, exclamó Carlos Menem cuando la gente de Ferrari le obsequió, en 1991, el modelo 348 TB de color rojo (mal llamada “Testarossa”, como pasó a la historia). No solo pretendió quedársela, sino que convirtió a la Ruta 2 en una improvisada pista de carrera al llegar a Pinamar desde la quinta de Olivos en solo dos horas. Por su parte, Alberto Fernández, al asumir como presidente a fines de 2019, pensó en que daría una pátina más republicana a la gestión que comenzaba al manejar el mismo su Toyota Corolla desde su domicilio al Congreso y de allí a la Casa Rosada.

La aparición del diputado libertario jujeño Manuel Quintar por el estacionamiento del Congreso, el miércoles último, con una poderosa Testa Cybertruck, que le costó doscientos mil dólares, llevó a que el presidente Javier Milei hiciera una curiosa revelación. Resulta que cuando en 2024 visitó una de las fábricas de Elon Musk en los Estados Unidos, le pidió a boca de jarro que le regalara uno de esos modelos. Milei le aclaró que el pechazo no era a título personal, sino para la Argentina. Inspirado como es el actual mandatario argentino para llamar la atención de la manera que sea, imaginaba que, si Musk le hubiese concedido ese deseo, el acorazado futurista de acero inoxidable se habría convertido en su medio de transporte predilecto. Bien pago estaría ese ostentoso regalo con la formidable publicidad gratuita que hubiese generado en sus desplazamientos dentro del país y con repercusiones más que seguras en el resto del mundo.

Probablemente Musk no llegó a entender (o no quiso hacerlo) el pedido tan extemporáneo de Milei y la cosa quedó allí. “No me dio pelota”, se resignó el mandatario, que había soñado con pintarlo de negro y a bordo de tan sofisticada máquina recibirse de personaje de Marvel o DC. “Un flash total”, se sinceró como un niño sin límites a la hora de fantasear.

Estas confidencias sucedieron en una misma jornada (el miércoles pasado), cuando el Presidente muy salomónicamente repartió su tiempo dedicando sendas largas entrevistas consecutivas de exactas dos horas 34 minutos para cada uno a sus streamings preferidos: Neura y Carajo. En dichos entornos logra más de lo mucho que ya consigue en el trato amable y sin preguntas desagradables que le dispensa su reducido grupo de periodistas confiables que suelen entrevistarlo.

Tanto en uno como en otro espacio se siente como en su casa por la familiaridad y admiración con la que es tratado: lo tutean, lo lisonjean sin parar, lo dejan hablar sin límites de tiempo y hasta lo aplauden. El formato kirchnerista de 6,7,8 queda hecho un poroto al lado de estas incursiones en las que los anfitriones compiten para ver quién es más chupamedias sin sonrojarse. Al menos, dichas obsecuencias hacia el Presidente no suceden en la TV Pública, como sí ocurría con el panfleto K. Igual en estos tiempos en que Milei se obsesiona tanto con el periodismo “pautero” y “ensobrado”, no estaría mal saber cómo se sostienen económicamente Neura y Carajo.

El combo de más de cinco horas en el que el líder libertario permaneció en pantalla tuvo un primer larguísimo acto en Neura estrictamente económico conducido por el “periodista de mercados financieros” Julián Yosovitch y el staff completo de su programa After Market, en donde la charla matizada con gráficos por momentos se hizo solo entendible para estudiantes avanzados de economía y expertos en finanzas, aunque ese pretendido nivel académico lo derrapara el invitado con su clásico lenguaje de letrina que dedica a periodistas y economistas que no lo ensalzan. Ese chapoteo en barros verbales se agudizó en el kilométrico segundo acto más político, en Carajo, con la conducción del Gordo Dan, secundado por su chacotera barra habitual.

Además de marcar una vez más su desprecio hacia el periodismo tradicional –no olvidar que en lo que lleva de su mandato no ha brindado nunca una conferencia de prensa y que la sala de periodistas de la Casa Rosada fue reabierta, pero imponiendo graves restricciones a los movimientos de los acreditados–, en los streamings cautivos se maneja a gusto y con maneras ásperas que entusiasman en las redes sociales a sus seguidores más fanatizados en cortes precisos y contundentes que muestran a un Milei acelerado a la máxima potencia.

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