“Solo sé que no sé nada”. Cuántas veces escuchamos esta máxima, atribuida al filósofo griego Sócrates. Es un excelente comienzo el tenerla en cuenta al abordar las conversaciones con nuestros hijos. Y también con nuestro entorno.
Nos cuesta reconocer que estamos llenos de sesgos y prejuicios que no nos permiten abrirnos a otras ideas o a sus preocupaciones (decimos: “Es una pavada, qué te importa”), deseos, inquietudes y/o proyectos que no entran en los nuestros (viajar, aprender otro idioma, ser youtubers o influencers), miedos (¿cómo te va a asustar un sapo?), etc.
Fuera de tiempo los consolamos, los queremos convencer y no los escuchamos. A veces nos enfurecemos por la tontería (según nuestro criterio) que vinieron a plantearnos, minimizamos, exageramos o nos asustamos, sin darnos cuenta de que primero tenemos que abrirnos a escuchar y comprender lo que nos están diciendo antes de responder.
Según Aristóteles. Cinco virtudes que ayudan a ser más feliz
Perdamos el miedo de hacerlo, siempre habrá tiempo para decir que no. En cambio, una respuesta apresurada corta el diálogo, los chicos quedan solos con su problema, aprenden a quedarse callados y a no contarnos. Nosotros desperdiciamos la oportunidad de entender, descubrir, aprender y conocerlos mejor.
Sócrates no dejó sus enseñanzas por escrito, pero Platón, su discípulo, lo incluyó como personaje en sus diálogos y recogió esta y otras reflexiones de su maestro. De hecho, “solo sé que no sé nada” es la adaptación de unas palabras que aparecen en la Apología de Sócrates, de Platón, en la que también nos relata que el Oráculo de Delfos en un momento afirmó que Sócrates era el hombre más sabio sobre la faz de la tierra.
Y que él, sorprendido ante esa afirmación, se puso a investigar para encontrar otros hombres en Atenas con el mismo o mayor nivel de sabiduría y así desmentir al Oráculo. Con enorme sorpresa, conversando con muchos de los que en la ciudad eran considerados sabios, Sócrates se dio cuenta de que ellos hablaban más de supuestos que de certezas, mientras que él era el único que, humilde, era capaz de reconocer su propia ignorancia. En el diálogo platónico, él lo explica así: “No creo que ni él ni yo sepamos de nada de veras bello y bueno, pero, aun así, soy mejor que él, pues él no sabe nada y cree saberlo, y yo ni sé nada ni creo saberlo”.
Su predisposición a reconocer su propia ignorancia lo hacía, paradójicamente, más sabio que los demás. Quienes pensaban que sabían todo, en realidad no sabían nada. Sócrates propiciaba el diálogo para enseñar y también la mayéutica: el maestro va haciendo preguntas al discípulo hasta que este “da a luz” –la mayéutica es el arte de la partera– el conocimiento que no es consciente de tener, o que no tiene, y que va descubriendo con esas preguntas. Solo tolerando la incertidumbre y mostrándonos interesados, curiosos, dispuestos al asombro y abiertos a las nuevas ideas podremos alcanzar el conocimiento.
Sócrates hacía preguntas también para explorar si había inconsistencias entre las afirmaciones, otra interesante propuesta para nuestras conversaciones con nuestros hijos. Pero haciéndolo con genuino interés y curiosidad, no buscando que “pise el palito” y muestre sus incoherencias, sino pensando juntos y a la par.
Abiertos a escuchar
Nos surgen a partir de aquí dos cuestiones de importancia:
Tenemos que estar abiertos para escuchar lo que ese niño, adolescente o adulto nos ofrece con sus palabras, puntos de vista, observaciones, ideas, para “iluminarnos”, dar luz a algo que no se nos había ocurrido o que estaba y no habíamos observado, quizás no desde ese ángulo. Y así poder, eventualmente, enriquecer el tema con nuestro punto de vista y seguir pensando juntos.
Ayudar al otro con nuestras preguntas –y no con nuestras respuestas– a pensar y revisar si es válido lo que dice.
Nos cuesta hacerlo porque creemos estar seguros de cómo son las cosas, incluso antes de que terminen de hablar. Nuestras respuestas resultan fuera de tiempo, desacertadas, suenan a reto, a culpabilización o a reclamo. Otras veces nos apuramos a responder porque no queremos que nuestros hijos sufran. Queremos transmitirles rápido nuestra experiencia dolorosamente adquirida, sin darnos cuenta de que con esas respuestas también los alejamos. En cambio, si recordamos seguir a Sócrates para ayudar a ese otro a descubrir dentro de él la verdad, sí lograremos permanecer cerca, los estaremos fortaleciendo y acompañando a buscar respuestas dentro de ellos. Muy importante hoy que son tentados a cada paso desde redes y pantallas a seguir a diversos gurúes, que se muestran como dueños de la única verdad revelada.
Enseñemos a nuestros hijos a pensar, a preguntar y a preguntarse, y nuestro ejemplo va a ser el mejor maestro.

