A las cinco de la mañana, Elías sale de su casa en las afueras de Pilar rumbo a Palermo. Viaja casi dos horas para llegar al edificio donde se ocupa del mantenimiento. Tiene 21 años, terminó la secundaria en 2023 y cursa el CBC de Medicina en la UBA. El año pasado había dejado la carrera porque necesitaba trabajar, pero este año consiguió el empleo actual, en blanco, lo que le permite manejar mejor sus horarios y retomar la universidad. “Cueste el tiempo que cueste, yo sé que voy a llegar a ser médico”, dice seguro y sereno.
Su madre, empleada en casas particulares, lo crio sola y él quiere recompensar ese sacrificio. La historia de Elías es la de la mayoría de los alumnos del Instituto María Madre Nuestra, en Manuel Alberti, partido de Pilar. Es que la institución tiene una tasa promedio de egreso en tiempo y forma, es decir a la edad y con los conocimientos esperados, del 75%. Mientras que entre quienes terminan el secundario, el 75% sigue una carrera terciaria o universitaria y el 80% consigue un empleo formal, según relevamientos propios.
Esas estadísticas marcan un círculo virtuoso de progreso social poco frecuente en barrios con tantas carencias y vulnerabilidad. Para tener una referencia, a nivel nacional solo el 10% logra llegar al final del secundario en tiempo y forma, de acuerdo al último informe, de 2024, de Argentinos por la Educación. Mientras que, también a nivel país, solo dos de cada 10 jóvenes del decil más bajo cursan estudios superiores. Y solo tres de cada 100 jóvenes que viven en hogares muy pobres acceden a un trabajo registrado.
“Siento que lo más importante que me dio la escuela son los valores y el acompañamiento de los profesores”, dice Elías. Y agrega: “La forma de vincularse, la comunicación y el respeto que nos transmitían fueron de las cosas que más me quedaron y me inspiraron a seguir estudiando”.
La escuela tiene alrededor de 2.000 alumnos, entre nivel inicial, primario, secundario y terciario. En 2025 hizo un convenio con la Universidad Austral y sumó a su oferta académica la Diplomatura en Cuidados de Adultos Mayores, una carrera corta, de un año, con rápida salida laboral que Elías también aprovecha para sumar ingresos que le permitan seguir estudiando.
¿Cómo lo logran?
Franco Ricoveri, docente y director de la escuela desde hace ocho años, explica que otra de las razones de esta alta tasa de terminalidad, además del acompañamiento personalizado, es el espíritu comunitario que hay en la escuela. “Manuel Alberti no es el conurbano bonaerense. Es, más bien, una zona rural que se rige con valores de comunidad pequeña y la gente respeta mucho al colegio”, explica.
Ricoveri venía de dirigir colegios pequeños en la zona norte del Gran Buenos Aires y aquí se encontró una realidad de 2.000 hogares con muchas carencias. “Lo más fuerte es la ausencia de familias completas. Familias lastimadas, divididas, abuelos a cargo de los chicos, padres que tienen que trabajar todo el día”, explica el director de la escuela y resalta que la riqueza de esta experiencia es poder ayudar a esas familias en forma integral. “Es un pueblo que nació alrededor de este colegio”, aclara.
Hace unas semanas y en línea con el desafío que representa sostener la educación en los hogares vulnerables, Argentinos por la Educación armó un informe en exclusiva para LA NACION en el que da cuenta que la mayoría de las faltas que tienen los adolescentes de nivel socioeconómico bajo están relacionadas con la necesidad de cuidar a sus hermanos o trabajar o las dificultades para llegar hasta la escuela.
Mientras que según revela un estudio reciente del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y Fundar, una organización orientada al análisis y diseño de políticas públicas, el 42%, es decir casi la mitad de los jóvenes de entre 19 y 24 años que viven en villas y asentamientos del AMBA, abandonaron la escuela. La necesidad de trabajar aparece como la principal causa de abandono.
De vagones de tranvía a escuela modelo
La escuela hoy se asienta en tres hectáreas con espacios verdes. El complejo consta de dos edificios, áreas de deporte, una moderna biblioteca que siempre está llena porque los chicos la habitan a toda hora y un SUM con capacidad para más de 100 personas.
Pero esto no fue así en sus inicios, en 1956, cuando la zona era solo campo, sin calles ni transporte público. Solo un ferrocarril llegaba hasta allá. Un sacerdote, el padre José Roqueta, fue autorizado a usar unos viejos vagones de tranvías para instalar un centro de salud y una escuela para la gente del lugar.
Recién en 1986, su sucesor, el padre Tomás Llorente, abre la escuela secundaria y el nivel terciario para formar docentes que luego ejercerían en esas aulas. “Hay más de tres generaciones en Manuel Alberti que asistieron a esta escuela”, dice Marcela Pérez, docente de nivel terciario desde hace casi tres décadas y una figura clave en la organización pedagógica de los tres niveles.
Tres generaciones
La escuela está habitada por docentes, no docentes y auxiliares que también fueron alumnos. Desde el encargado de mantenimiento, el “Negro” Oscar, hoy de 55 años, hasta Darío Torres, el preceptor más antiguo de la escuela, tienen historias para contar. Torres se graduó en 2004 y, desde ese momento, trabaja allí como preceptor. Sus padres también hicieron la primaria allí, en la década del 70 y su abuelo era amigo y vecino del padre fundador.
“Los conozco a todos acá: chicos, padres y abuelos. Nos cruzamos en el club, en la carnicería, en la plaza, en todos lados”, dice este docente de 42 años que está convencido de que los chicos terminan en tiempo y forma porque hay un acompañamiento muy cercano y no los dejan abandonar.
Si detectan ausencias reiteradas, el equipo de orientación coordina acciones junto a los directivos y se reúnen con el alumno y la familia. De ser necesario, se acercan a la casa. Durante la pandemia, su casa se convirtió en un comedor comunitario para muchas familias que se acercaban a la escuela en busca de alimentos y contención.
La doble jornada es clave
“Esta es una de las primeras escuelas de doble jornada en la zona. Es pionera en esa oferta y eso también es una garantía de calidad educativa”, resalta Marcela Pérez y señala que el nivel académico de la escuela primaria es fundamental también para que los chicos lleguen con herramientas sólidas al secundario.
“Todos mis compañeros estudian y muchos trabajan también”, dice Celeste Álvarez, una exalumna de 19 años que se graduó en 2024 y actualmente estudia la carrera de Licenciatura en Química en la UBA. Asegura que el paso a la universidad fue menos difícil gracias a la formación que recibió y aclara: “Entré al CBC con mucho miedo, pero me di cuenta de que muchas cosas ya las había visto acá”.
Celeste es la única de sus siete hermanos que pudo asistir al Instituto María Madre Nuestra, gracias a una beca que sostuvo con su excelente rendimiento académico durante toda su trayectoria educativa.
“Fue abanderada de las tres banderas: la provincial, la papal y la nacional”, dice emocionada Lorena, su mamá, quien terminó el secundario hace pocos años, en el turno vespertino de la misma escuela que su hija. “Alrededor del 85% de los padres no terminaron el secundario y acá abrimos las puertas para que lo hagan”, añade Marcela Pérez.
Entre las carreras que eligen la mayoría de los egresados están veterinaria, psicología, gastronomía, marketing, economía, administración de empresas, medicina y algunos profesorados.
Alrededor de 8 de cada 10 egresados tienen trabajo, de acuerdo a los datos recolectados por la escuela, que también hace un seguimiento de los alumnos que adeudan materias al terminar. “Acá hacemos campaña para que no se nos pierdan los que egresaron y rindan las materias adeudadas”, dice el director, Franco Ricoveri.
Los que se fueron y volvieron
Verónica Zanelli es docente de Química en el Instituto María Madre Nuestra, pero también exalumna. Con 37 años, trabaja allí desde que se graduó y coincide con todos los testimonios recogidos en esta nota: el alto nivel académico y la calidez humana de los docentes fueron lo que más la inspiraron a seguir sus pasos.
Su madre era empleada en casas particulares y su padre trabajaba en una imprenta. Ella resalta varias veces el enorme esfuerzo económico que significó para ellos pagar la educación de sus cuatro hijos que hoy son profesionales y los primeros universitarios de la familia.
“Por suerte, al ser la cuarta hija, a mí me becaron”, dice Verónica con voz pausada. El Instituto María Madre Nuestra es una escuela pública de gestión privada. El Estado se encarga de pagar los sueldos docentes y el resto de los gastos se financian con las cuotas accesibles que pagan las familias, donaciones de particulares y padrinazgos de distintas organizaciones.
Todos los días, Elías y Celeste llegan a la universidad y se imaginan su futuro profesional como algo real y posible. Esa seguridad se la transmitió una escuela que los acompañó, trabajó en sus habilidades, los contuvo, los escuchó y les brindó una excelencia académica para que tuvieran las herramientas necesarias en esta etapa universitaria que están atravesando.
Más información
El Instituto María Madre Nuestra está ubicado en Manuel Alberti, partido de Pilar. Tiene alrededor de 2.000 alumnos, entre los niveles inicial, primario, secundario y terciario.
- Para más información sobre la institución, se los puede contactar a su página web, por WhatsApp al 11.7501.6497 o a través de su Instagram.
- Para más información sobre cómo convertirse en padrino o donante hay que escribir al mail [email protected]