Fue el día en que uno de los hombres más poderosos del fútbol, nada menos que el representante de Diego Maradona, se escondió en un Fiat Uno bordó con vidrios polarizados. La imagen no encajaba. Acostumbrado a los autos de alta gama, a los restaurantes exclusivos y a una vida de exposición permanente, Guillermo Coppola se movía esa tarde de octubre de 1996 en un modesto vehículo, dando vueltas sin rumbo fijo por el Rosedal de Palermo. No era una elección estética ni un gesto de bajo perfil: era una estrategia. Lo estaban buscando.
Desde el día anterior, tras el allanamiento a su departamento de la avenida Libertador, Coppola se había convertido en el hombre más requerido del país. La orden de captura ya estaba en marcha. La causa, que instruía el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi, lo señalaba como parte de una investigación por narcotráfico.
Pero antes de entregarse, decidió hablar. Y esa decisión derivó en una de las entrevistas más insólitas del periodismo argentino: una conversación en fuga, dentro de un Fiat Duna gris, con la policía cada vez más cerca.
El origen del escándalo
Todo había comenzado el martes 8 de octubre de 1996. Ese día, efectivos policiales allanaron el departamento de Coppola en Palermo y anunciaron el hallazgo de 406 gramos de cocaína en un jarrón del living. El procedimiento estuvo a cargo de dos suboficiales, Gustavo Daniel Diamante y Antonio Gerace, entre otros integrantes de lo que el propio Bernasconi definía como un “Grupo de Élite”.
La acusación fue inmediata. Pero con el correr de los días, comenzaron a aparecer fisuras: las pericias determinaron que solo una parte de esa sustancia era efectivamente cocaína, y además de baja pureza. El resto eran sustancias de corte. Desde el primer momento, Coppola sostuvo que la droga había sido plantada. Esa línea defensiva, que en ese momento sonaba a estrategia clásica, años después se transformaría en una de las claves del caso.
La cacería
Mientras la Justicia avanzaba, los medios se lanzaron a una carrera paralela: encontrar a Coppola antes que la policía. Entre ellos estaba el programa Investigación X, conducido nada menos que por el periodista Néstor Ibarra. La situación era compleja. Los teléfonos ardían. Coppola había desaparecido del radar. Hasta que llamó. El miércoles 9 de octubre, cerca de las tres de la tarde, se comunicó con el programa. “Quiero contar mi versión de la historia”, dijo. La producción no dudó. Salieron al aire con esa comunicación. Coppola confirmó que se entregaría esa misma noche. Pero Ibarra fue más allá. Quería la imagen.
La negociación
Convencer a Coppola no fue sencillo. “No puedo, me entrego esta noche”, respondió al principio. Pero la insistencia funcionó. “Si doy una nota antes de entregarme, es para ustedes”, terminó cediendo. Lo que siguió fue una espera tensa. Hasta que, cerca de las seis de la tarde, volvió a llamar. “Si quieren la nota, tiene que ser ya”. Y el encuentro se terminó produciendo. La cita era difusa, casi cinematográfica. “Estoy en Palermo, en un Fiat Uno bordó. Voy a estar dando vueltas por el Rosedal. Fijate que no los sigan”, indicó Coppola. Del otro lado, la respuesta fue inmediata. Un auto, un camarógrafo, un productor. Todo improvisado.
El canal había asignado un vehículo tan discreto como el de Coppola: un Fiat Duna gris plata. No era el tipo de móvil que se podía imaginar, pero esa precariedad terminó siendo funcional. Cuando llegaron a Palermo, el caos se sumó a la tensión. La cámara no funcionaba. No encendía. El equipo técnico intentaba resolverlo mientras daban vueltas por el Rosedal, buscando un auto que no aparecía. La escena tenía algo de absurdo: el periodista buscando a un prófugo sin poder grabar, en medio de una ciudad que ignoraba lo que estaba a punto de ocurrir. Entonces, casi como un guiño del destino, la cámara reaccionó. Volvió a funcionar. Y el teléfono sonó otra vez.
Dos autos, una escena
“Voy en un Duna gris plata”, avisó Ibarra. Minutos después, apareció el Fiat Uno bordó. Se reconocieron con juego de luces. Coppola bajó. Pidió que la entrevista fuera dentro del auto de los periodistas. El traslado fue rápido. Subió al Duna. Ibarra pasó al asiento trasero. La cámara registraba. Afuera, la tarde empezaba a caer. Y comenzó la entrevista. El clima era denso. No había lugar para gestos distendidos. Cada palabra parecía medida. “Mis abogados están hablando con el doctor Bernasconi”, dijo Coppola. “Siempre di la cara ante la Justicia”. Negó implícitamente la acusación. Sostuvo su versión. Pero lo más impactante no era lo que decía. Era dónde lo decía.
Mientras la entrevista avanzaba, algo cambió. Autos que no estaban antes comenzaron a aparecer. Movimientos extraños. Miradas cruzadas. La intuición periodística hizo el resto. “¿Qué pasa ahora?”, preguntó Ibarra. La respuesta fue seca. “Me van a detener”. El final fue inesperado. No hubo dramatismo exagerado. No hubo intento de fuga. Hubo una frase. “Yo sigo creyendo en la Justicia. No tengo miedo. Voy muy tranquilo”. Fue su cierre.
Poco después, el comisario Emilio Azzaro, a cargo del operativo policial, intervino en la escena y lo condujo hacia una camioneta roja que partió rumbo al juzgado de Castelli. La entrevista había terminado. Pero la historia recién empezaba.
La caída
Coppola fue detenido y quedó acusado de “tráfico de estupefacientes con fines de comercialización”. Pasó 97 días preso, entre las cárceles de Dolores y Caseros. La imagen del poder se había invertido. Pasó de representante omnipresente a detenido. En ese contexto, la figura de Diego Armando Maradona volvió a cruzarse con la historia. Lo visitó en prisión. Incluso, según relataría después el propio Coppola, llegó a preguntar qué debía hacer para que lo detuvieran y poder pasar las fiestas junto a él. El vínculo entre ambos atravesaba todo. Con el paso del tiempo, la causa empezó a resquebrajarse. Se descubrieron irregularidades graves. Manipulación de pruebas. Testimonios dudosos.

El caso dio un giro. Por ese entonces, el abogado de Coppola era quien luego supo ser ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, a quien las revistas del corazón habían retratado junto a Samanta Farjat en Río de Janeiro, una de las jóvenes que la policía presionaba para implicar famosos en la causa. El abogado logró que su defendido saliera en libertad el 15 de enero de 1997. Y en junio de 1999, Coppola terminó absuelto en un juicio oral que se realizó en los Tribunales de Comodoro Py. El juez Hernán Bernasconi que lo acusaba terminó destituido, detenido y condenado por su actuación en la causa, igual que su secretario y los “policías de élite” que completaban su equipo de trabajo.
Y aquella entrevista al representante de Maradona quedó congelada en el tiempo. Dos autos modestos. Un prófugo. Un periodista. Una cámara que casi no funciona. Y una charla hecha en tránsito, en el límite exacto entre la libertad y la detención. En retrospectiva, esa imagen resume todo. Porque en ese Fiat Duna no solo viajaba un hombre acorralado. Viajaba el final de una época. Y el principio de una historia que, como tantas en la Argentina de los 90, terminó siendo muy distinta, escándalo mediante, a lo que parecía o nos hicieron creer cuando arrancó.
