No son buenos tiempos para reír. Esto viene a cuento de que en estos momentos, aún -y probablemente por muy poco- está en nuestras pantallas, en poquísimas funciones desde su estreno, casi clandestina, Torrente Presidente, la sexta entrega de la serie creada por Santiago Segura. Que en su España de origen se ha convertido (va ya por los cuatro millones de espectadores y sigue sumando) en el film de esa nacionalidad más exitoso en la última década. Y que se ganó antes de su estreno el desprecio, y el odio, de gran parte de la prensa y la crítica españolas. La bronca contra Santiago Segura y su último opus proviene de que no hubo funciones privadas para prensa, ni trailers, ni imágenes previas de la película, aunque sí una fuerte campaña de prensa. Hubo una indignación que sólo podemos considerar sobreactuada. Algo similar sucedió con Homo Argentum el año pasado y la comparación no es ociosa: también fue atacada incluso antes del estreno. En ambos casos, hubo gente que exigió a los respectivos realizadores que pidieran disculpas o se fueran del país. Sí, es mal tiempo para reír.

Dato pequeño: en otros tiempos, no había funciones privadas. Los críticos de cine íbamos el día de estreno a ver lo nuevo (en la Argentina, los jueves) y las críticas salían al día siguiente, ocasionalmente el sábado. La política de las “privadas” se generalizó después, en nuestro país en los años 90. No es que no hubiera previas o avant premieres, simplemente no eran la norma. Las críticas en España tuvieron características espantosas y comenzaron con la protesta del gremio por la afrenta de la ausencia de pases de prensa previos. Es raro, porque hay películas de Torrente evidentemente peores a la actual, pero la cosa era salir con los talones de punta.
Sobre todo le han dicho “fascista” y hasta “nazi”. Si no conocen al personaje, José Luis Torrente (el propio Segura) es un expolicía sucio, franquista, vicioso de todo vicio y soez. Es fanático del Atlético de Madrid, pero su cobardía es tal que en el primer film, en una escena que ocurre tras una derrota del Real a pies del Aleti, y ante varios hinchas de los Merengues que se le acercan, tira a una alcantarilla la bandera de su equipo y lo insulta para que no lo agredan. Torrente es un hijo lisérgico del esperpento, de Berlanga y de Miguel Gila. Sus triunfos, que se deben más al azar que a la audacia o la inteligencia, son la puñalada satírica final tanto al género policial de acción como al mundo español. Y también al resto: aquí fue de culto durante años, desde el estreno de la primera en 1998. Algo pasó para que el discurso denostativo no distinga, hoy, entre personas y personajes. Lo mismo le pasó a Francella, crucificado por varios medios.

En esta entrega, el policía facho -siempre lo supimos- llega a Presidente. Y la película se ríe de Vox y de Pedro Sánchez de manera salvaje. También de Trump y de Milei. Podemos juzgar la efectividad del chiste, pero aquí hay algo importante para que el humor sea humor y no -como entienden mal muchos humoristas actuales aquí y en todas partes- burla directa con aire ingenioso: la ecuanimidad. Lo que es ridículo en el humor es el ser humano, no la derecha o la izquierda en particular. Pero en las últimas dos décadas ha habido un movimiento contra la risa, contra esa necesidad catártica. El pecado de Segura no fue reírse de Vox (villano permitido por el establishment español) sino de Pedro Sánchez. Las críticas llegaron a llamar “imbécil” al público. Es importante este dato porque explica -tema para otro texto- la desconexión entre medios y audiencias: el primer mandamiento del crítico es no denigrar al público. Calquier cosa puede hacer reír a cualquier persona independientemente de su inteligencia o capacidad. Incluso más: para reírse de una humorada contra un presidente, es necesario saber previamente quién y qué es. La comedia siempre cuenta con la inteligencia del receptor, si no, no funciona.
En la Argentina lo vimos el año pasado, como dijimos, con Homo Argentum. Incluso hubo algunos militantes pidiendo (sin ver la película) que le quitaran la ciudadanía argentina a Cohn y Duprat. ¿Por qué? La película se ríe de todo el espectro ideológico nacional sin tocar puntualmente la política. Se ríe, sobre todo, de la hipocresía y el doble discurso. Pero los realizadores no pertenecen al selecto club ilustrado del cine nacional que piensa “lo correcto”. Había que cargar contra ellos para seguir con los pies en el plato. El problema básico es, otra vez, que se hizo todo esto sin ver el film -con Torrente Presidente sucedió lo mismo-, en nombre de algo inasible y metafísico que no debía ser ofendido. Dejando de lado que ofenderse es un problema individual y que la única manera de evitar que alguien se sienta ofendido es aboliendo todo arte y toda manifestación cultural, lo que más molestó de Homo… fue la caracterización del cura villero en un gag corto, que tampoco “condenaba” ni a la asistencia a los pobres ni a la Iglesia. Pero es un lugar y una situación en la que el humor, hoy, está prohibido.
En los EE.UU., el presidente Trump sale constantemente a denostar a quienes lo satirizan, lo que además indica que este tipo de comportamiento no es privativo de derechas o izquierdas. El humor molesta porque obliga (otra vez, sin importar la efectividad del chiste) a analizar relaciones y contrastar datos. Ni más ni menos, a realizar un juicio crítico, a veces instantáneo, que es lo que nos lleva o no a la risa. Los peores asesinos odiaron el humor: ¿quién no recuerda el secuestro del número 95 de la revista Humor en 1982? ¿Quién olvidó la masacre de Charlie Hebdo? No así la burla, siempre y cuando esté dirigida contra el “enemigo designado”.

Y sin embargo, tanto Torrente… como Homo…, en sus respectivos mercados, son tremendos éxitos de taquilla y audiencia. La primera representa, hoy, el 53% de la taquilla española desde que comenzó 2026. La segunda sumó el doble que el resto de los films argentinos estrenados en 2025 juntos. Algo, pues, falla con la política conminatoria y el dedito levantado, sobre todo cuando se ejerce de modo “preventivo”: el público busca, necesita, requiere la risa y la premia. Estamos en tiempos problemáticos, inciertos, inestables. Lo único que nos queda para atravesarlos es la inyección de energía que implica reír. El dedo levantado de los maestros de Siruela están padeciendo calambres.