“De a poco, de a poco”. Eduardo Coudet puede ser un volcán desatado durante 90 (y tantos) minutos y también un inductor de calma para los arrebatados que se entusiasman demasiado con este River en vías de desarrollo. Sus respuestas en WhatsApp piden calma a los entusiastas que le escriben justo ahora, cuando el superclásico aparece en el horizonte inmediato. Un rasgo distintivo de su personalidad: ese loquito que tira manotazos al aire mientras se juega el partido es un hombre reflexivo antes y después. Al final, ejecuta un rol: la apariencia de exaltado tiene más que ver con la obsesión que con su manera de vivir cuando la pelota se detiene. La parte no define el todo.
Este domingo, el hijo menor de un odontólogo y una ama de casa criado en un hogar de clase media de Saavedra vivirá su primer River-Boca como jefe de equipo, tras años de ir y venir -a España, a Brasil, a México- esperando la gran oportunidad. “Sé que voy a dirigir a River”, le dijo a LA NACION diez años atrás, cuando su trayectoria de entrenador empezaba a carretear en Rosario Central. La idea fija se transformó en un facto ahora.

En su último partido como futbolista, cuando llevaba la camiseta del ignoto Fort Lauderdale Strikers de los Estados Unidos, apenas 4.688 espectadores vieron jugar a Coudet. Hay un mundo de diferencia en su vida entre aquel 18 de septiembre de 2011 y este 19 de abril de 2026, cuando 85.018 personas completarán la capacidad del estadio Monumental una vez más, y él ocupará un lugar central de la escenografía. Que Chacho haya jugado en aquel equipo insignificante dice mucho: su pensamiento nunca fue lineal, no se aferró a la zona de confort que podrían haberle otorgado sus galones de jugador consagrado. Eligió experimentar entonces en una atmósfera semiprofesional, y cuando se retiró llegó a trabajar para bancos de Estados Unidos y Suiza: “Me dediqué a las finanzas y viajé por el mundo”, contó alguna vez. Un largo paréntesis en su vida deportiva que utilizó para explorar otros intereses, lejos de la parábola tradicional que lleva a un exfutbolista a transformarse inmediatamente en entrenador, agente de jugadores o comentarista.
Ahora, su motivación se reparte entre lo urgente y el mediano plazo. La catarata de cinco victorias seguidas no lo engaña: cree que, aun con un plantel no lo suficientemente balanceado, este equipo puede ser mucho mejor. Pero si un triunfo llama a otro, la suma de todos debería dar paso a una confianza que olió por el piso cuando desembarcó. Y el combo virtuoso, está seguro, tendría que traslucir un mejor juego, más sostenido en cada partido. “No es fácil jugar con esta camiseta. Le decía a Enzo que yo no acerté un pase en mis primeros seis meses acá”, dijo el día de su presentación. El mismo día que habló de “unidad” como concepto central. Por eso respiró satisfecho dos semanas atrás, cuando el resistidísimo Facundo Colidio escuchó los primeros aplausos en mucho tiempo tras hacerle un gol a Belgrano. Otra vez: primero los triunfos, después la confianza, más tarde el juego.
Lo enamora Rivero, lo asombra Beltrán, lo convence Galván, lo hace dudar Quintero, lo desafía Subiabre. Cree que este plantel será mejor con jugadores rápidos por las bandas después de la pausa de invierno. Pero no espera el frío: ahora mismo levanta el teléfono para acercarse a los jugadores que quiere que se sumen a la corriente chachista. Gio Simeone y Nicolás Otamendi figuran al tope de la lista. Es consciente de que el próximo mercado de pases será suyo. Entonces gana tiempo y gestiona. Al cabo, será el técnico de la transición entre el modelo personalista anterior y el que viene, en el que el modelo de fútbol será más horizontal. La salida de Marcelo Gallardo generó en el club el efecto de una represa que abre sus compuertas. Sin el tótem, se deshizo instantáneamente la imagen de entrenador-CEO, solo reservada para el que se fue.
Entonces el agua empezó a fluir por canales diversos, dejó de estar concentrada. No es casual que en las semanas siguientes a la asunción de Coudet, la administración que encabeza Stefano Di Carlo haya dejado fluir la decisión de contratar un director deportivo, una figura imposible de maridar con Gallardo, que durante años tomaba todas las decisiones -la compra de un jugador, la ubicación de las canchas en River Camp, el nombre de un entrenador para los juveniles-. Una larga negociación, todavía inconclusa, puede convertir al español Pablo Longoria en el primer director deportivo de la historia de River. Será, de concretarse el acuerdo, quien lidere una nueva estructura de scouting que el club no desarrolló lo suficiente en la última década para evitar tareas inútiles: el ojo de Gallardo siempre impuso condiciones. Longoria acercará los perfiles de futbolistas que considere más aptos para que Enzo Francescoli, Di Carlo y el propio Coudet elijan. ¿No habrá choque de intereses entre el nuevo por conocer y el viejo conocido que lleva el cargo de manager? “En todos los lugares donde trabajó Longoria siempre convivió con una leyenda. Acá será Francescoli”, matiza un dirigente que destaca los siete idiomas que habla el español, un hombre proclive a los desbordes emocionales: ahí están los exabruptos que protagonizó en su reciente paso por Olympique de Marsella. Vestirse de traje no es más que eso.

Mientras el borrador de ese contrato va y viene a través del Atlántico, Coudet se ocupa del aquí y ahora: su lenguaje llano, que busca empatizar con sus jugadores, se acerca más al hincha de bermudas y remera que a los gerentes de pantalones chupín del primer piso del Monumental. Eso cae bien en la dirigencia: “Cada chiste de Chacho en las conferencias de prensa promedia con la mención al cashflow que hace un tecnócrata del club”, compara alguien que camina las oficinas y también River Camp. En el caso del DT, no es una pose ni una estrategia: le sale así. Es así. Simple, divertido, profesional, de barrio, calentón. Todos eso entrarán en su cuerpo esta tarde a vivir un partido único. Un mojón vital en un camino que, confía, recién empieza a recorrer.